Carme Chaparro - periodista

Perdona si te molesto

El whatsapp le llegó de un número desconocido. "Hola", decía, "perdona que te moleste". Y, después, el silencio. Ella miró la pantalla, extrañada. Pero no contestó. Al cabo de unos minutos volvió a sonar el 'beep' que anunciaba un nuevo mensaje. "Hola", insistió el remitente desconocido, "soy el mensajero que esta mañana te ha llevado un paquete a casa. Me gustaría invitarte a tomar café. Y perdona si te molesto".

¿Que si le molestaba? Vamos a ver: un desconocido que sabe dónde vive ella usa un contacto laboral -las empresas de mensajería piden el teléfono del destinatario por si no está en casa- para intentar ligar. Mi amiga no solo se sintió molesta, sino agredida en su intimidad. ¿Qué derecho tenía ese hombre a mandarle un mensaje a su número personal de teléfono? Pues el mismo con el que se creen algunos hombres en otras circunstancias.

No es la primera mujer que me cuenta un caso así. A otra amiga la estuvo friendo a mensajes el trabajador de una gran cadena de productos electrónicos al que le dio el teléfono para que la avisara cuando recibieran un modelo concreto de nevera. Sin embargo, ese hombre usó el número para intentar ligar con ella. A otra le pasó con un monitor de su gimnasio, que consiguió su contacto de su ficha personal de clienta.

Las cosas han llegado a tal extremo que la empresa de chóferes Uber -la competencia de los taxis de toda la vida- ha prohibido a sus trabajadores cualquier intento de ligar con las pasajeras. Varias mujeres los han denunciado por asalto sexual, violación o secuestro perpetrados por sus conductores. Solo en el Reino Unido, los chóferes de Uber han sido acusados de 32 agresiones sexuales en el último año.

Sin llegar a estos extremos, imaginen lo violento de una situación en la que estás metida en un coche -encerrada en un espacio pequeño- y la persona que te lleva intenta una aproximación personal. Aunque sea de palabra. Aunque sea de manera educada. Aunque diga eso de "perdona si te molesto".

Soy fofisana

Hay que reconocerlo. En esto del márketing ellos nos llevan una ventaja de siglos. Nosotras no sabemos vendernos, queridas señoras. Somos una completa inutilidad en eso. Vean, si no, los siguientes ejemplos. Resulta que un estudio de la Universidad de Yale viene a demostrar que el hombre fofisano no solo es mejor padre -ya me dirán ustedes qué relación tiene dejarte crecer la tripa con tu amor por los hijos-, sino que es más atractivo para las mujeres.

Aplaudan. Aplaudan con todas sus fuerzas porque lo que está diciendo el autor del estudio -sí, un hombre, claro, el antropólogo Richard Bribiescas- es que lucir algún 'kilito' de más, tener 'tripita' o algo de flacidez y perder pelo es maravilloso. Si eres un ser humano de género masculino. Claro.

Con el fofisanismo los hombres nos han vendido que dejarse llevar por las cosas de la edad -y dejar al cuerpo a su libre albedrío- no solo es aceptable sino bueno, y no solo es bueno sino lo mejor, y no solo es lo mejor sin o que es lo que más nos gusta a las mujeres. Porque -anoten también- otro estudio de científicos turcos asegura que los hombres con barriga son mejores amantes -ya me dirán ustedes-. Además, según investigadores letones las mujeres vemos más atractivos a los hombres con más grasa en la cara. Y, por si fuera poco, expertos sudafricanos están convencidos de que a las mujeres no nos preocupa especialmente el cuerpo de nuestras parejas, sino que nos quieran.

Ya ven la cantidad de talento científico al servicio de poner de moda la 'tripita' cervecera, los muslos 'blanditos' y el inicio de papada. Ya ven la cantidad de estudios -¿rigurosos?- que nos dicen a las mujeres lo atractivos, buenos padres, buenos amantes y fieles que son esos señores fofisanos, los mismos que nos exigen a nosotras que tengamos las piernas torneadas, la tripa plana, la grasa a raya, una talla 38, la piel como una adolescente, la cabellera perfecta y vayamos con la sonrisa siempre puesta. Igual ya va siendo hora de que pongamos de moda a las fofisanas. O algo por el estilo.

¿Poder femenino? ¡Ja!

20/11/2016 08:24

Cojan a las grandes compañías que dominan el mundo. Las que facturan billones. Las que extienden sus tentáculos a todo el planeta. ¿Quién las dirige? Hombres. Claro. Hombres. Y alguna mujer. Alguna. Un estudio de la consultora PwC ha examinado a las 2.500 mayores empresas del planeta. El año pasado, 359 de ellas cambiaron a su máximo responsable, a su CEO. ¿Se atreverían a apostar por cuántas decidieron que una mujer ocupara el cargo? Se lo digo yo: 10. Diez de 359. Ni siquiera un triste 3% de nuevos CEO de las grandes multinacionales son mujeres. No estamos hablando de personas -hombres- que llevan años o décadas en sus puestos. Estamos hablando de nuevos nombramientos en la época de la teórica igualdad. Solo un patético 2,8% de nuevos directores ejecutivos son mujeres. La cifra más baja desde que se empezó a medir este índice.

¿Cómo es posible que estemos en retroceso? ¿Cómo es posible que se haya nombrado a menos mujeres para puestos de responsabilidad justo en la época en la que más se habla sobre -o más se visibiliza- el poder femenino? Los expertos lo atribuyen a varias causas. Por un lado, las industrias tradicionalmente masculinas -energéticas, financieras o tecnológicas- siguen en manos de hombres. Pero también -y esta es quizá la causa más significativa- las empresas están fallando estrepitosamente en promover su propio talento femenino. Los hombres que llegan a la cúpula de una gran compañía suelen proceder de la misma compañía. Las mujeres, sin embargo, suelen ser fichajes de otras empresas, como si en la propia no hubiera talento femenino. Sí que lo hay, claro, pero se invisibiliza. Se estanca. Se olvida.

Y, además, la puntilla: son muchas más las directoras generales que abandonan sus puestos -o son forzadas a abandonarlos- que hombres en el mismo cargo. ¿Por qué? Pues porque las que seguimos conciliando -y sintiéndonos culpables- somos nosotras. Y hay puestos en los que la conciliación es prácticamente imposible.

Calzonazos

Él subió a agradecer un premio. Merecidísimo. Es uno de los mejores del país en su especialidad. Dio las gracias. Especialmente a su mujer "por haber estado ahí todos estos años, por haber guardado la casa y cuidado de nuestros hijos, porque sin ella yo no hubiera podido dedicarme tanto a mi trabajo".

El clamor fue general. Los aplausos atronaron. ¡Qué gran hombre!, ¡qué caballero!, ¡y qué generoso al dedicarle el premio con esas tiernas y devotas palabras a su mujer! A ella, sentada entre el público, se le saltaban las lágrimas de emoción. Porque, claro, ya se sabe, tras cada gran hombre hay una gran mujer. Aunque lo realmente cierto es que tras cada gran hombre hay una gran mujer que le organiza la intendencia de la casa para que él no tenga que preocuparse por nada. Una mujer que le tiene la nevera llena y la sopa caliente. Una mujer que lleva y recoge a los niños del colegio. Que sabe cuándo tienen piscina y cuándo cita con el pediatra para las vacunas. Que se ocupa de que siempre haya una camisa planchada por la mañana. Que llama al fontanero cuando se estropea la cisterna del inodoro. Que sale antes del trabajo si el niño se pone enfermo en el cole. O que deja de trabajar para que la estructura familiar se sostenga. Una mujer que se encarga de todo para que el hombre solo tenga que ocuparse de su trabajo y de dedicarle todas las horas que haga falta. Una mujer que libra a su pareja de las preocupaciones mundanas para que él pueda centrarse en ascender laboralmente.

Sin embargo, imaginen la secuencia al revés. ¿A cuántas mujeres han escuchado dedicar un premio a sus maridos, esos maridos que sacrifican sus carreras laborales quedándose en casa para que todo el engranaje hogar-familia funcione perfectamente? Yo, a ninguna. Aunque conozco a dos hombres -maridos de amigas- que han sacrificado sus carreras para favorecer las de sus mujeres. Dos hombres valientes que, además, tienen que aguantar las miradas condescendientes -incluso insultantes- de una sociedad que piensa que son unos calzonazos.

A venderse

30/10/2016 07:52

Tres químicos. Tres físicos. Un biólogo. Dos economistas. Un político. Un cantante. En total, 11 personas. Bueno, en realidad, 11 hombres. Y ninguna mujer. Ninguna parece haber hecho méritos para un Premio Nobel este 2016. Y no será por falta de candidatas -por cierto, por hacer patente esta discriminación, a la biotecnóloga Ángela Bernardo le han llovido los insultos y las amenazas en las redes sociales. ¿Estamos locos?-. Los Nobel insisten en ignorar a las mujeres. Siempre. Un ejemplo: de los 203 físicos con un Nobel, solo dos son mujeres. ¿Son invisibles? ¿Dónde están las científicas?

Encerradas en los laboratorios. Si consiguen llegar. Un estudio de la Universidad de Princeton demuestra hasta qué punto las mujeres en la ciencia están marginadas. Les pidieron a profesores de facultades científicas que valoraran -para contratarlos- los trabajos de varios estudiantes. Lo que no sabían era que estaban duplicados y que en una copia figuraba como autor un hombre y en la otra una mujer. Pues bien, los trabajos que -teóricamente- habían escrito los hombres fueron valorados como mejores, y sus autores puntuados como más competentes y contratables que los idénticos trabajos elaborados -teóricamente- por mujeres. Además, a los supuestos autores masculinos de los dosieres se les ofrecieron salarios y condiciones mucho más favorables que a las mujeres.

A ellas -a los trabajos que en teoría habían escrito ellas- las calificaron como menos competentes. Este terrible sesgo de género -otros estudios indican que, a mismo puesto, los científicos tienen mayor laboratorio o mejores equipos que las científicas-, los prejuicios que en pleno siglo XXI se siguen teniendo sobre la inteligencia o la capacidad de las mujeres, se mezcla con nuestro propio síndrome de la tiara. Las mujeres esperan -esperamos- a que alguien se fije en nuestro trabajo y nos valore o premie por él. No sabemos vendernos. Vamos a tener que empezar a espabilar. A perder la vergüenza. Nadie lo hará por nosotras.

Asesinos

CARME CHAPARRO

¿Quién ha matado a la joven italiana Tiziana Cantone? ¿Quién la ha obligado a ponerse un pañuelo al cuello y colgarse en el sótano de su casa hasta morir?

Quizá ha sido su exnovio, el joven que la incitó a tener relaciones sexuales con otros hombres y a que se dejara grabar mientras practicaba el sexo con ellos, y que después, despechado tras la ruptura de la relación, difundió los vídeos pornográficos a través de las redes sociales.

Quizá han sido también las cientos de miles de personas que durante un año han contribuido a difundir ese vídeo, visionándolo y compartiéndolo.

Quizá también son culpables de su muerte las personas que la paraban por la calle para burlarse en su cara -incluso los nuevos vecinos de la ciudad a la que se mudó para intentar cambiar de vida- o las otras miles que la acosaban en internet.

Sumen a esta lista de culpables de homicidio a todas las personas que idearon, fabricaron y compraron las camisetas, las fundas de teléfonos móviles o las tazas con la inscripción '¿Estás grabando? ¡Bravo!', que la joven Tiziana pronunció mirando a su novio en uno de los vídeos sexuales y que se ha convertido en la más reproducida en Italia en los últimos meses. Acusen también al grupo humorístico que hizo 'gags' con la historia, o a los famosos jugadores de fútbol Paolo Cannavaro y Antonio Floro, que subieron a internet -entre carcajadas- su particular parodia de ese ¿Estás grabando? ¡Bravo!

Y añadan al juez que dictó una vergonzosa sentencia que obligaba a la chica a pagar 20.000 euros por los costes legales del juicio en el que Tiziana solo perseguía una cosa: su derecho al olvido, su derecho a que su vídeo desapareciera de internet y ella pudiera, con otro nombre y otro aspecto, caminar por la calle sin que la señalaran con el dedo.

¿Quién ha matado a Tiziana Cantone? Un poco entre todos. Todos los que vieron el vídeo, se rieron, lo reenviaron e hicieron imposible la vida de esta joven que ha terminado colgándose de un pañuelo en el sótano de su casa.

Ni Periscope ni hostias

Las niñas -en esa edad indeterminada de las chicas de 13 que se arreglan para aparentar 18- están tumbadas en una cama, en una posición que el ojo adulto podría interpretar como provocadora, pero que en ellas no se sabe si es de estudiada incitación o solamente ingenuidad. Quién sabe. Quién sabe en estas edades y en esta generación. Frente a ellas, la cámara de un teléfono móvil transmite todo en directo. Hablan mal de una amiga, la dejan verde. Y lo hacen en una conversación a la que puede acceder cualquier persona en cualquier parte del mundo. Dicen que la oscuridad no está en el que muestra sino en el ojo del que mira. Así que imaginen, en este caso, la cantidad de ojos oscuros que miran. Que las miran. Hasta que la secuencia la interrumpe una madre furiosa. "Ni Periscope ni hostias. Un tío con la polla al aire. Ha salido un tío con la polla al aire", grita la mujer. El vídeo, claro está, se convirtió en viral en apenas unas horas. Esa madre es la excepción, espiaba las transmisiones de su hija. Pero, en general, los padres no saben lo que sus hijos están haciendo en las redes sociales. Y mucho menos en herramientas de transmisión en directo como Periscope. Hagan ustedes la prueba. Instálense la aplicación en el móvil y elijan cualquiera de las centenares de transmisiones que en ese momento se estén produciendo en España. Lo primero que verán es que bastantes se titulan estoy aburrida. Son chicas insinuándose de manera sexy, retando a los que las miran a que les pregunten o les hagan hacer cosas. Para algunos hombres es como porno en directo. "¿Qué posición es en la que disfrutas más? ¿Por detrás lo has hecho? ¿Cómo tienes el coño?". Y les mandan fotos. Algunas de sus genitales excitados. Provocación. Sexo. Las niñas juegan a gustar, porque lo que de verdad les importa a muchas es el número de seguidores y los me gusta que consiguen. Hombres entre los que alguno intenta algo más: saber dónde viven esas chicas y quedar con ellas en el mundo real. Y muchos padres, sin tener ni idea. Además, en cuanto aprendan Periscope, sus hijos estarán ya en otra cosa.

Porno adolescente

Un día cualquiera en la comisaría de policía de una pequeña capital de provincia española, una de esas ciudades con todo a mano y en las que es difícil preservar el anonimato. Una madre lleva a rastras a su hija de 13 años a presentar una denuncia. Las dos están avergonzadas y no saben cómo contar lo que vienen a decir. "Mire", empieza diciendo la madre, "mi hija no tiene móvil, es la única de la clase que no tiene, así que en el grupo de Whatsapp de los amigos del cole está mi número y no el suyo, cuando tienen que chatear de sus cosas le dejo el teléfono y ya está, pero mire, mire qué vídeo me acaba de llegar".

La madre alarga el brazo para ofrecerle el teléfono a la agente de policía, que le da al 'play' sin saber exactamente qué se va a encontrar. Y lo que se encuentra es peor de lo que podía pensar: una chica muy joven abierta de piernas, masturbándose para su novio frente al teléfono móvil. Le da tanta vergüenza ajena que no puede seguir mirando. La chica del vídeo no es la que tiene delante, con su madre. ¿Quién es? La madre responde, "es una compañera de clase de mi hija, le mandó el vídeo a su novio y ahora que han roto él se lo ha enviado al resto de la clase".

Tiene 13 años y ha destrozado la vida a una adolescente. Pero es inimputable. No se le puede acusar de nada y no se le puede condenar por nada. El vídeo pasó en unas horas de la clase al resto del colegio y del resto del colegio a otros institutos. En un par de días lo tenía media ciudad. Cuando esa chica va a por el pan se cruza con 10, 15 o 20 personas que han visto el vídeo. Cuando va al colegio todos sus compañeros vuelven a recordar su imagen masturbándose. Y cuando sea adulta y vaya a buscar trabajo, quizá la persona que esté entrevistándola la recuerde como la chica del vídeo.

Esa niña ha destruido buena parte de su vida al no ser consciente de que toda fotografía o vídeo deja de ser nuestra en cuanto la enviamos. Y que en la realidad virtual nada se destruye y todo se recuerda para siempre.

Biquinis con tetas

Como regalo de cumpleaños, mi hija me ha pedido, por encima de todas las cosas, un 'set' de maquillaje. "Es lo que más quiero del mundo, mamá". Va a cumplir cinco años. Me ha dejado de piedra. Pero, claro, es lo que ve en casa. Que su mamá se arregla cuando va a trabajar. Que se maquilla. Que se peina. Que escoge la ropa que se pone. Y ella quiere ser igual.

Me preocupa que mis hijas reproduzcan el patrón de mujeres que se adornan -sí, ese en el que caigo yo todos los días-, que crean que lo más importante es que tu apariencia guste a los demás, y no lo que hay dentro: su corazón y su cabeza. Me preocupa también que crezcan demasiado rápido. En unos meses, han pasado de adorar los dibujos de 'Peppa Pig' a morirse de amor por una cosa llamada 'Equestria Girls', un abanico de niñas de instituto con todos los tonos de la bondad y la perversidad, dibujadas de manera más irreal que una Barbie -piernas eternas, ojos gigantescos y cintura invisible- y vestidas como nunca me dejaron a mí vestir mis padres. Y claro, vamos a comprar bañadores para la piscina y pasa lo que pasa, que me piden biquinis con la parte de arriba para las tetas como sus amigas de la piscina. "Si vosotras no tenéis pechos", les dije -tienen solo dos y cuatro años-, "eso es para las mamás". Ilusa de mí, creí que en la tienda me darían la razón y que no tendrían biquinis de las tallas dos y cuatro con la parte de arriba. Error. Casi todos los modelos venían con pecho incorporado. Modelo braguita y sujetador para niñas de dos y cuatro años. Aunque no lo quisieras tenías que llevarte las dos prendas.

Justo mientras escribo esta columna leo en El Mundo la historia de una madre de Estados Unidos que se ha enfrentado a la dirección del colegio donde estudia su hija porque no quieren que la niña, que tiene siete años, acuda a la escuela maquillada. "Si quieren que mi hija no se maquille, que dejen de maquillarse las profesoras", es su argumento. ¿Qué les estamos haciendo a nuestras bebés? ¿Convertirlas en mujeres en cuanto dejan el pañal?

Eres una puta

La mujer es una puta para la mujer. Literalmente. La mitad de los mensajes de odio que se lanzan en redes sociales contra las mujeres tienen su origen en otras. El Centro de Análisis de Redes Sociales de la organización británica Demos ha estudiado quién insulta a las mujeres en Twitter. Durante tres semanas, monitorizaron las palabras 'slut' y 'whore' -puta y zorra-. Después, con un sofisticado algoritmo, separaron los mensajes en los que el término puta se usaba de manera coloquial, cariñosa o como definitoria de una situación -"puta vergüenza", por ejemplo- de los mensajes en los que el término era utilizado para insultar, agredir, humillar o menospreciar.

En tres semanas, 80.000 mujeres recibieron 200.000 tuits insultantes, solo de tuiteros del Reino Unido. Cada 10 segundos alguien en las islas británicas llama puta o zorra a una mujer con perfil en Twitter. Imaginen extrapolar los datos a los usuarios de redes sociales de todo el mundo. ¿Cuántos millones de insultos misóginos se producirán cada día?

Lo relevante del estudio es que la mitad de las personas que llaman puta o zorra a otra mujer son... mujeres. Nos atacamos a nosotras mismas de una manera que da miedo. Los expertos que han elaborado el informe alertan de que se debería empezar a tomar medidas -a nivel público y político- para prevenir este discurso del odio contra las mujeres en las redes sociales. Empezando por las propias mujeres, claro. Empezando por nosotras. Internet se ha convertido, asegura el informe, en otro campo de batalla más para los peores aspectos del comportamiento humano. Y las mujeres son -somos- las principales perjudicadas. En mi caso, ya he perdido la cuenta de la cantidad de veces que alguien ha deseado que otra persona me viole. O de que algún hombre me enseñe lo que es un buen polvo.

Y de lo de feminazi mejor ni hablar. Si las estadísticas pudieran extrapolarse, también aquí en España serían mujeres la mitad de esa masa de insultadores misóginos.

Mujeres pegadas a un útero

 

Resulta que parece que se comenta que todo indica que Jennifer Aniston está embarazada. Que esta vez sí. Que le han hecho unas fotografías en las que se le ve una barriguita. Que un amigo de la pareja lo ha confirmado. Que va a ser madre. A sus 47 años. Por fin.

Por fin. Como tantas otras decenas de veces en las que se han disparado los rumores. Hasta que su representante se ha visto obligado a desmentir la noticia. "Jennifer no está embarazada. Cuando se tomaron las fotos acababa de tomar una larga, deliciosa y abundante comida". ¡Qué terrible, por cierto, tener que justificar que alguien tiene un poco de tripa.

La presión a Aniston para que sea madre ha sido brutal. En Google hay diecisiete millones y medio de resultados para "Jennifer Aniston embarazada". Y eso solo en inglés. No hay entrevista en la que no le pregunten que para cuándo el bebé. Ella se ha hartado de decir -siempre con una educada sonrisa- que no es de las mujeres que quiera tener hijos y que no se siente menos valiosa ni menos feminista por ello. Pero da igual. Una y otra vez tiene que justificarse. Y desmentir rumores. Y aguantar críticas. "Me acusan de centrarme demasiado en mi carrera y en mí misma hasta el punto de no querer ser madre, y en lo egoísta que soy por eso".

Aquí en España, ¿cuántas veces le han preguntado a Maribel Verdú sobre por qué no tiene hijos o cuándo se va a poner por fin a ello? Y, sin embargo, ¿cuántas veces se lo han preguntado a su marido? Él es actor, como ella, así que debería tener el mismo interés formularle la pregunta a la una que al otro, ¿no? Al fin y al cabo los hijos serían de la pareja. Pero no. Parece que los hijos son cuestión solo de ella. O quizá es que lo que es solo de ella es la obligación de tener hijos para sentirse una mujer plena y entera. Una mujer a un útero pegada. Una máquina de reproducción.

Y las mujeres somos mucho más. Pero sobre todo, deberíamos ser libres para no tener que dar explicaciones a nadie.

Violada dos veces

Para ella era otro aburrido día en la universidad, hasta que fue con su hermana a una fiesta. Al día siguiente despertó en el hospital. Horas antes dos jóvenes habían descubierto cómo estaba siendo violada tras un contenedor de basura. La policía identificó al violador. Era Brock Turner, un compañero de universidad de la víctima. Pero ahora, durante el juicio, el jurado y el juez han considerado que es más importante la vida del chico que el terrible delito que ha cometido, así que lo han condenado a la pena mínima: seis meses de cárcel, de los que va a cumplir solo tres.

El juez cree que una condena más larga podría afectar al joven, miembro del equipo de natación de la universidad y con un brillante futuro. Que una violación no lo estropee, claro. Mandarle a la cárcel por "20 minutos de acción", le defiende su padre, "es una condena demasiado dura". "No creo que sea peligroso para otras personas", ha argumentado el juez.

Durante el juicio, la defensa de Turner se ha basado en culpabilizar a la chica, "una joven borracha que terminó inconsciente de tanto beber". La víctima se convirtió en culpable. Como si mereciera ser violada. Como si buscara ser violada. Como si las mujeres nos mereciéramos lo que nos pasa por nuestra actitud, por ir solas a algunos lugares, por beber, por emborracharnos o por llevar una falda demasiado corta o un escote demasiado pronunciado.

"Tú eres", ha escrito ella en una emotiva carta que se ha vuelto viral, "un nadador estadounidense 'All Star' en una universidad de prestigio, con mucho en juego. Yo soy un ser humano que ha sido irreversiblemente herido". El caso ha conmocionado a Estados Unidos, y han empezado a salir a la luz las miles de agresiones sexuales que se producen cada año en los campus universitarios. Una de cada cinco jóvenes ha sido agredida. Mientras tanto, los padres del violador culpan a la víctima. "Es responsabilidad de los padres enseñar a sus hijos a no beber", han escrito sobre la fotografía de una madre y de su hija.

El fútbol que no interesa

El mismo día en que a sus colegas masculinos les han dedicado decenas de horas de televisión, cientos de páginas en la prensa escrita y millones de clics en internet, a ellas no les han hecho ni caso. Literalmente. El día de la gran final de la Copa de Europa entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid, las chicas del Athletic femenino, líder de la Liga, tuvieron que suspender una rueda de prensa porque no acudió... ningún periodista. No es que hubiera pocos. Es que no había nadie en la sala de prensa. Nadie. Porque a nadie le interesaban las siete victorias consecutivas que han convertido a esas futbolistas en líderes en solitario de la liga de fútbol femenina, a tan solo tres jornadas de que acabe la competición.

O que esas chicas vayan a jugar el año que viene la Champions. O que algunas estén entre las mejores del mundo. Pero no se equivoquen, no culpen al mensajero. Los medios son solo un reflejo de lo que interesa en la sociedad. Y el fútbol femenino interesa poco. El deporte femenino, en general, interesa poco. Lo conté por aquí hace unos meses: en los periódicos deportivos solo cinco de cada cien noticias están protagonizadas por mujeres.

Pero, además, es que la mitad de esas mujeres no son deportistas, sino novias de. sino novias de. Novias de futbolistas, tenistas, baloncestistas o cualquier -lista de éxito deportivo. Así que solo un 2,5% de las personas que ocupan la información deportiva son mujeres deportistas. Pero mientras a los reyes del balón se les ve en imágenes en plena acción en el campo -de juego o entrenamiento- a las reinas del deporte las obligan a ponerse falda y tacones para prestarles algo de atención.

Los hombres aparecen en acción, como hacedores, como motores del mundo, como voces solventes. Las mujeres, sin embargo, suelen estar muchas veces como algo que se ve, con sus adornos y atributos. La mejor nadadora española de la historia, Mireia Belmonte, lo resumió así: "Importa más el color del pelo de Sergio Ramos que mi récord del mundo".

Amanda y el bótox

Seguro que le ponen cara a la actriz Amanda Peet. Si no, por favor, búsquenla en Google antes de seguir leyendo esta columna. Es una mujer bellísima. Más que eso, es espectacular. Una de las actrices más hermosas y luminosas de Hollywood. Pero Amanda tiene un problema: la edad. Exactamente 44 años. Y con la edad, pues lo que pasa, las primeras arruguillas y eso.

En una emotiva carta pública la actriz ha contado que está desesperada por parecer más joven, pero que no se atreve a dar el paso. "Lo más fácil sería usar el bótox o pasar por quirófano, para verme más joven y mejor, y confiar en mí. La única razón por la que no lo hago es porque tengo miedo".Amanda necesita parecer más joven para seguir trabajando, porque la industria del cine la considera una mujer demasiado mayor.

Una mujer que -¡oh demonios!- aparenta la edad que tiene. "Recientemente", cuenta en la carta, "me han dicho que no me escogían para una película porque no soy suficientemente actual. Me están expulsando del trabajo mujeres jóvenes como Alicia Vikander. Te dicen: "Ella tiene 27 años y es magnífica, tú tienes 44 y eres madre, no juegas en la misma liga". (...) Todo el mundo me mira como diciendo 'vieja bruja, no hay sitio para ti'". Multitud de actrices se han quejado de la tiranía de la edad. Y de que durante una veintena de años son inservibles, invisibles, incontratables. Es el tiempo que pasa entre que dejan de poder interpretar papeles de jóvenes bellas hasta que dan la imagen de madre-abuelas.

Peet se queja de esta esclavitud de la imagen con un ejemplo muy gráfico. Una noche, acostando a su hija, la niña le dijo: "Mamá, estoy asustada porque tienes arrugas, y eso significa que te vas a morir pronto". Sin embargo, ella ha llegado a la conclusión de que dejar que su cara envejezca de manera natural será su "as en la manga". Su reinvención. La prueba de que no va a complacer la tiranía de la mirada masculina. Ojalá todas fuéramos tan valientes.

Princesas calladitas

Pocos padres quedarán ya a estas alturas -sobre todo si lo son de niñas- que no hayan visto 'Frozen', el exitazo del cine de animación infantil de los últimos años. La película está protagonizada por dos hermanas princesas de un reino, luchadoras y peleonas. Así que uno podría pensar que las dos serán los personajes que más hablen en la película. Pero no. Seis de cada 10 palabras de 'Frozen' las pronuncian hombres. A pesar de que las protagonistas son mujeres. Y eso es algo que se repite en prácticamente todos los filmes para niñas.

Hace unos meses un grupo de investigadores analizó las películas de princesas y descubrió que, en casi todas, los roles masculinos hablaban más que ellas, las protagonistas. En 'Mulán', por ejemplo, tiene más líneas de diálogo el dragón protector -un 50% más- que la propia 'Mulán'. En 'Pocahontas' los hombres pronuncian tres de cada cuatro palabras, el mismo porcentaje que en 'La bella y la bestia' o 'Cenicienta'. Y estamos hablando de las nuevas versiones, no de los clásicos de mediados del siglo pasado.

En 'Shrek', por ejemplo, con un papel femenino potente como el de la princesa-ogro luchadora Fiona, las mujeres solo tienen el 16% de los diálogos. Si eso pasa en las películas de princesas, ¿qué no pasará en el resto de cinematografía? Otro estudio acaba de analizar más de 8.000 largometrajes. El resultado es demoledor. Solo en uno de cada cinco las mujeres hablan más que los hombres. En 'El Gran Hotel Budapest', ellas únicamente pronuncian una de cada cien palabras, en 'Jurassic Park' ya nos dejan hablar un poquito más: 16 de cada cien.

Podría parecer que lo peor es eso. Pero hay algo más. Mientras los actores van ganando diálogos a medida que cumplen años, con las mujeres sucede al revés. Son las más jóvenes y sexys las que más hablan. A partir de los 42 años apenas pronuncian una de cada cinco palabras en una película. Como 'La bella durmiente', las actrices están bien calladitas a la espera de ser rescatadas por el príncipe.

Soltera y guapa, ¿tienes un problema?

CARME CHAPARRO

"Estás soltera siendo guapa, ¿cuál es el problema?", le pregunta el periodista a la actriz Mónica Cruz. Repito, porque es de no creérselo: "Estás soltera siendo guapa, ¿cuál es el problema?". Deduzcamos algunas cosas de la pregunta:

A. Si eres fea estar soltera está bien, porque ¿qué hombre va a querer estar con una fea?

B. Si eres guapa y no hay un hombre a tu lado es porque tienes algún problema. ¿Hemorroides? ¿Síndrome premenstrual continuo?

C. Ser guapa y estar soltera es un problema, como ser gaseosa y no tener gas, por ejemplo.

D. Y ese problema es siempre culpa de la mujer, claro. ¿De quién va a ser si no?

Me pregunto cuántas veces habrá tenido que responder Mónica Cruz a esta pregunta grosera, descortés y maleducada. Debe de ser el peaje que hay que pagar por ser madre soltera ¡y además por inseminación!, como si este tipo de maternidad perteneciera a mujeres incompletas o a 'feminazis' que odian a los hombres. De hecho, ella se ve obligada a matizar: "Que haya tenido una hija sola no significa que tenga fobia a los hombres".

Hablando del tema con mi amiga Almudena, madre soltera también, me envía indignada el 'link' al artículo de una revista española con "Consejos para madres solteras con hijos varones". El consejo número 2 dice esta barbaridad: "No hables mal de los hombres. Que hayas tenido una mala experiencia con el sexo opuesto no quiere decir que tengas que proyectarlo sobre el niño. Repetir una y otra vez que los hombres son seres espantosos solo hará que tu hijo piense que él también es horrible (...) al igual que otro hombre pudo haberte hecho daño, tu hijo varón es capaz de darte muchas alegrías". Tal cual. Es terrible que las mujeres que han decidido emprender el complicado reto de la maternidad en solitario tengan que soportar que parte de la sociedad piense que será porque algo les pasa, y que ese algo suela ser que odian a los hombres, como todos sabemos que hacen, claro, las 200.000 mujeres españolas solteras que crían a sus hijos en hogares monoparentales. No sé cómo los hombres se atreven a salir a la calle.

Un no es un sí

El tipo está con sus alumnos en un bar. Antes les ha dado una clase -a 300 euros por persona- sobre cómo conseguir sexo con mujeres. "Te proveeré con mis técnicas para entrar en 'modo dios' (...) y que ella desee tener sexo contigo". Es decir, les promete follar con cualquier mujer que deseen. Que ellas quieran o no, carece de importancia. Los hombres tienen que dominar y controlar. "Debemos sobrepasar los límites para tener éxito con una chica. Nunca preguntes si puedes hacer algo, hazlo". ¿Qué importa la opinión de una mujer? Si el hombre quiere, no hay más que hablar. Son algunas de las enseñanzas de un tipejo que se hace llamar 'Maestro de la seducción' y que imparte cursos por toda España a hombres desesperados por tener sexo -sin pagar- con mujeres. Entre sus enseñanzas, perlas como estas: "Las mujeres no saben lo que quieren y es nuestro deber enseñárselo". "No esperes su permiso, siéntete con el derecho a hacer lo que quieras". "Un no es un sí". Y todo, ilustrado con vídeos de cómo se lleva a mujeres a la cama. O de cómo las besa sin su consentimiento por la calle. O les toca sus genitales: "A las feas, mano en el coño". No vale un NO por respuesta. "La chica se empezó a comportar como dudando, David y Alejandro la cogieron con total autoridad y la subimos al piso sin rechistar. Cuando una chica actúa con inseguridad, guíala tú". Tiene cientos de miles de seguidores que pagan por sus cursos y lo defienden con argumentos como "las chicas se creen con el derecho a no escucharnos cuando nos dirigimos a ellas en un bar" o "chicas feas aspiran a hombres guapos", "hasta un orco se permite rechazar a hombres en España". Volvemos a lo mismo: hágase la voluntad del macho. Hace unos días un grupo de mujeres lo localizó en un bar enseñando a sus alumnos a atacar a las chicas. Salió con el rabo entre las piernas. Y los alumnos con la cara cubierta para no ser reconocidos. Pero ¿cuántos hombres piensan realmente como él? Cientos de miles, a juzgar por los seguidores que tiene y que le pagan

No me violes

40 millones de mujeres y niñas son violadas cada año en todo el mundo. Pero solo una agresión masiva a mujeres occidentales, como la ocurrida en varias ciudades alemanas en Nochevieja, consigue llevar este drama a las portadas. No interesa. Porque las víctimas suelen ser mujeres. Porque somos incapaces de comprender el alcance de las secuelas. Y porque esas mujeres "algo habrán hecho". Andar solas de noche. Emborracharse. Irse con un hombre al que acaban de conocer. Decir no cuando el macho está ya cachondo perdido. Y así. Para muestra, las palabras de la alcaldesa de Colonia -la ciudad donde más agresiones se produjeron- recomendando a las mujeres no irse "con uno o con otro" hombre dejándose llevar por la euforia de la fiesta, mantener "cierta distancia física, de más de un brazo", y no acercarse mucho a personas extrañas. Habría que recordarle a esta señora que las mujeres no somos las responsables de una agresión, sino las víctimas. Que deberíamos poder movernos con libertad dónde y cuándo queramos. Y que son los hombres los que tienen que aprender a no violarnos, no nosotras a defendernos. Las agresiones sexuales en Alemania nos duelen -y son noticia- porque las víctimas son cientos -¡cientos!- de mujeres occidentales. Pero desde hace meses las ONG alertan de que muchas refugiadas sufren también estas violaciones, o son obligadas a ejercer la prostitución, por parte de algunos de los hombres de esa caravana de exiliados. De hecho, en algunos centros de acogida mujeres y niños están separados de los hombres, y los trabajadores sociales aconsejan que no vayan solas ni al baño. La violación es una de las armas más poderosas que existen para someter a las mujeres. No es líbido. Es humillación. Poder. Supremacía. Incluso en territorios en guerra lo más peligroso no es ser soldado, es ser mujer: suman el mayor número de fallecimientos. La violencia sexual es la mayor causa de muerte femenina entre los 16 y 44 años. Quizá debería ser más veces noticia.